jueves, 21 de agosto de 2008

Primera

Se encontraba envuelto en una neblina espesa, áspera se podía decir. Un ardor interior se creaba por todas sus extremidades y se precipitaba hacia su corazón. La ira empezó a sucumbir en su interior, un temblor de seguridad y terror se iban adueñando de él. En cada respiración el aire se hacía más espeso, la razón por la que luchaba se difuminaba al exhalar, sabía lo que le estaba pasando, y no podía hacer nada por evitarlo.

Se estaba transformando.

Ya le había pasado alguna vez, pero en sueños. Él era pequeño, perecía por la presión de un cuerpo enorme que brotaba de su interior, cada latido era más rápido que el anterior, y más profundo al mismo tiempo. La agonía de no poder parar aquella pesadilla le hacía titubear, y por momentos volvía a encontrarse a sí mismo, aunque ya era demasiado tarde para parar aquello que había comenzado a sucederle.

Eran los recuerdos, las sensaciones. Era todo lo que le rodeaba lo que había creado a ese monstruo en su interior. No era él, no, aunque por así decirlo lo pareciera. Era algo más grande que cualquier ser humano, era esperanza, remordimiento, terror, frustraciones, paz, agonía, perseverancia, amor, arrepentimiento… Era odio. Ese odio que nos domina y nos amordaza para darse un paseo por nuestro cuerpo. Era imparable. Inhumano. Era una abominación de sus recuerdos y de las consecuencias. Acción reacción. Por cada mal trago una pizca de este se había acrecentado, hasta este momento. Hoy, el vaso había rebosado.

Sus manos empezaron a temblar, a cada compás de la canción que se escuchaba algo se segregaba en su interior, por cada golpe de batería él se iba haciendo más fuerte, notaba como su cuerpo empezaba a seguir ese ritmo musical, acrecentando y liberando lo que tenía en su interior.

Ya era tarde. Había ocurrido. El entumecimiento de todo su cuerpo era la señal. Al arrimarse al espejo que tenía en la habitación, pudo ver lo que había cambiado en su interior… Sus ojos. No eran claros, ni fríos, eran ardientes y centelleantes, podía hundirse y perderse él mismo en ellos. Era capaz de leer por ellos lo que le ocurría, mientras intentaba mantenerse la mirada al mismo tiempo.

Salió a la calle a despejarse, se dijo su nuevo yo. Una brisa templada soplaba de frente. Mientras notaba como el viento pasaba entre sus dedos, empezó a caminar para dar un paseo. A cada persona que veía, le clavaba su mirada. Irradiaba el odio que tenía en su interior, al rozarle el aire se contaminaba con su mal. Continuó bajando la infinita pendiente que era su calle. Se dirigía a donde más le apeteciese. Empezó a ser peor cada vez, cada calle le recordaba un momento, un recuerdo que volvía a su presente en el momento menos indicado. Cada banco, cada esquina, cada papelera le hacían retroceder a donde nunca quiso estar. Había sido peor el remedio que la enfermedad.

Llegó a esa casa, ahora en ruinas y apunto de ser demolida. Una colilla lo había generado todo. Fumar mataba, ponía en las cajetillas. Pero no fue el tabaco en sí, lo que acabó con todo lo que tenía.

Buscaba por algún rincón sin quemar un recuerdo que le hiciera volver a su estado normal. Pero el fuego lo había abrasado todo. Sólo quedaban escombros, cenizas sin coherencia alguna, como en su interior. No podía recordar por odiar tanto al odio que sentía. Era su combustible, su oxígeno, el odio le poseía. Era la esperanza, en el fondo, lo que había impulsado a aquella transformación. La esperanza al cambio, al ser diferente; de olvidar el pasado y de vivir el presente sin contar con el futuro.

Era la paz, que buscaba sin cesar. Y era a él mismo, a quien quería encontrar.

2 comentarios:

Recomenzar dijo...

Bello texto te leo mientras llueve en algun lugar del planeta

Azpeitia poeta y escritor dijo...

Muy bello texto, muy bello blog desde azpeitia